25 dic. 2018

El último regalo

Hacía un herm… Hacía un día en Pork, a pesar de la polución. Sí, Pork, capital de Himandia y de la baja calidad de vida.

Norberto Ortiz salió del portal de un edificio, perfectamente vestido y sacudiendo alegremente su cartera de comercial. El hombre de mediana edad silbaba: hoy había sido un excelente día de asustar viejos, había hecho los mejores números de todo diciembre. Por algún motivo todos parecían estar especialmente sentimentales y fáciles de asustar. Tenía la vaga sensación de que esto ocurría cada año, pero, como también solía pasarle no lograba precisar el por qué. Sea como fuera, pronto todo ese viejo edificio de apartamentos sería un hermoso centro comercial a medio construir como parte de un timo inmobiliario. Si algo simbolizaba su trabajo de asustador de viejos, era el progreso.

Bajaba por una de las avenidas de la ciudad, no especialmente peor cuidada que cualquiera de las otras, pero se notaba algo demasiado tranquilo en el ambiente, casi le ponía nervioso. No obstante, él no prestaba demasiada atención, estaba ocupado pensando en cómo, cuando ahorrara lo suficiente, le gustaría tener once perros, enseñarles a jugar al fútbol, montar un equipo y después vender los derechos de la película. Él podía ser el entrenador y su señora la manager, se harían de oro.

Pero entonces, por el rabillo del ojo le pareció ver una explosión, aunque después se dio cuenta de que era solo un televisor, expuesto en el escaparate de una de las tiendas de electrónica, que mostraba un reportaje sobre uno de los supuestos ataques de Papá Gnol en el que acabaron participando los lobos urbanitas de Pork. Los cánidos, como de costumbre, apreciaron la carne churruscada resultante del evento. Murieron trece personas, y cuatro de los lobos recibieron quemaduras de tercer grado.

Pero Norberto no oyó la mayor parte de los detalles de esta impactante, aunque mundana, noticia. Y esto no solo se debía a que su vida como asustador lo había dejado parcialmente insensible al sufrimiento ajeno. No, Norberto se había percatado de algo muy importante. Era 40 de Dadiván y alrededores según el calendario porcino, lo que viene siendo el 24 de diciembre en el gregoriano. Era el día antes de Dadiván, y no tenía ningún regalo.

Un cúmulo de emociones sobrellevaron al cincuentón, pero ninguna de ellas ocupaba su mente con más fuerza que la imagen de su mujer, visiblemente decepcionada, impidiéndole dormir en casa hasta epifanía. Norberto conocía demasiado bien el frío abrazo del felpudo en los meses de invierno.

Intentó entrar en la tienda de electrodomésticos, pero justo en ese momento se corrió la cortina metálica. Su primer impulso había fracasado.

Rezumando adrenalina, Norberto recorrió con paso ligero las calles de Pork. No sabía muy bien hacia dónde ir ni qué comprar, y el único plan que su dramáticamente acelerado cerebro era capaz de concebir era seguir andando hasta encontrar una tienda abierta con algo que poder regalar.

Por desgracia, los ataques atribuidos a Papá Gnol (por no decir el hecho de que los lobos se acercaban a su temporada de apareamiento) habían conseguido que el asustador no pudiera encontrar ninguna tienda abierta a pesar de que no pasaban de las siete de la tarde.

Se detuvo por un momento para recuperar el aliento y, mientras se tiraba del cuello de la camisa, miró a la derecha y vio el cielo abierto: los ángeles lo llamaban con la forma de los caracteres de un bazar oriental que, por supuesto, no había cerrado.

Se precipitó al interior solo para descubrir que las estanterías estaban completamente vacías, albergando solo una ligera brisa que arrastraba algunos papeles en el suelo.

—Tiene que haber, algo —se dijo a sí mismo.

—Casi todo está ya vendido —le explicó el dependiente, desde el mostrador mientras ojeaba con desgana su portátil, pobremente escondido tras la caja registradora.

—Seguro que puedo encontrar algo —prosiguió Norberto casi sin reparar en él, adentrándose en la tienda.

—¡Cerramos en cinco minutos!

Norberto volvió a echar a correr.

Recorrió las estanterías en bustrófedon de un lado a otro, jadeando, intentando encontrar algo mejor que cajas de cartón vacías. Y entonces lo vio, esperándolo: un cubo de plástico azul perfectamente genérico. Y lo mejor de todo es que no habría que envolverlo, cosa que el dependiente desde luego no iba a hacer, porque por algún motivo ya tenía puesto un lacito. Se abalanzó sobre él como una pantera, pero, cuando lo alcanzó, una señora mayor, tan entrada en años como en carnes, también lo había cogido y tiraba en dirección contraria. El cubo, liso y de medio metro de alto, no era fácil de agarrar, por lo que ambos empezaron a forcejear tirando del lacito. Viendo que ninguno de los dos cedía, ambos dejaron que sus ojos se encontraran.

—¡Yo lo vi primero! —perjuró ella.

—Señora, suéltelo ahora mismo si sabe lo que le conviene, trabajo para gente importante —replicó Norberto.

El dependiente, que se había asomado entre los anaqueles, les llamó la atención, sin abandonar su expresión de desgana y exasperación.

—Señores, voy a cerrar esto para evitar el metro de los lobos, así que se lo vendo al primero que me lo traiga y me ponga cinco euros en la mano.

Al oír esto, Norberto y la mujer volvieron a encontrar miradas, casi como si intentasen matarse con las pupilas más afiladas del mundo.

¡Cago na cona que te pariu! —profirió la anciana en un idioma que Norberto no conocía— ¡Suelta ese coso o te muelo a hostias!

Lo que Norberto sí conocía era ese tipo de anciana. Sabía que nada de lo que dijera iba a asustarla lo más mínimo, y amenazarla con violencia no sería efectivo, pues la señora sería plenamente consciente de que sus lorzas podrían contener fácilmente los puñetazos de un asustador de mediana edad con suscripción Premium++ que jamás había usado ni jamás usaría. Solo le quedaba una opción. Su arma secreta.

Con un rápido movimiento, Norberto sacó de su cartera una granada de juguete. Medio segundo examinando la superficie del aparato hubiera sido suficiente para determinar que estaba hecho de plástico blando. Sin embargo, el cerebro de los ancianos funciona a una velocidad ligeramente inferior que el de personas de menor edad, necesitando pues más tiempo para llevar a cabo esta examinación. Era un dato que Norberto conocía bien. Nadie usaba las granadas falsas como él lo hacía.

Sin dudarlo, Norberto lanzó la granada de juguete en dirección a la señora, que instintivamente se agachó y se tapó los oídos.

¡Ai, carallo! —gritó. Pero Norberto estaba demasiado lejos como para oírla.

Mientras corría, Norberto sacó de su cartera lo que había calculado que sería la cantidad apropiada del producto. En realidad estaba pagando tres veces su precio, pero no lo sabía, ni le importaría si lo supiera. Lo lanzó descuidadamente hacia el mostrador, dejando caer mitad de las monedas al suelo. El dependiente le clavó una mirada cargada de frustración y rencor, pero Norberto no la veía. Ni al dependiente ni a la señora ni a la tienda. Su habilidad para escapar de situaciones peliagudas le había evitado problemas serios con ancianos armados y/o expertos en artes marciales. Era su única aptitud física y estaba inmensamente orgulloso de ella.

Así, corrió a toda pastilla hasta la estación de metro: todavía le daba tiempo de coger uno que lo dejase en casa antes de que su señora volviese de su visita diaria al bingo. Picó billete y bajó las escaleras mecánicas hasta alcanzar el andén, completamente vacío.

Paró en seco y, por un instante, se mantuvo tieso como un palo mientras esperaba a que se le bajara toda la adrenalina acumulada. Finalmente, dejó escapar un largo suspiro y se paró a mirar su cubo perfectamente genérico con un lacito.

—Menuda mierda le he comprado este año.

Y como si estas palabras lo hubieran invocado, empezó a oírse el tren en la distancia. Norberto volvió a mirar el reloj y sonrió contento. Al menos esta vez todo estaba yendo bien. El vagón paró frente a él, por las ventanas tampoco se veía a nadie. No cogía mucho esta línea, pero incluso para Pork estaba sorprendentemente poco transitada.

Las puertas del vagón se abrieron y, en su interior, revelaron una manada de unos siete lobos, que miraban a Norberto, enseñando los dientes y relamiéndose.

—Maldita sea, los lobos —se dijo Norberto, retrocediendo despacio y metiendo la mano en su cartera.

Sacó otra granada, sin duda sería suficiente para asustar a estos cánidos urbanitas. Después de todo, un lobo que fuera lo bastante inteligente como para sobrevivir en Pork tenía que saber lo que era una granada… Pero lo sabían demasiado bien. Por un momento dudaron, pero entonces uno de ellos se adelantó y Norberto supo claramente que se habían dado cuenta de que era de plástico.

No quedaba más opción que salvar la vida mientras aún pudiera: les tiró el cubo de plástico perfectamente genérico y empezó a correr escaleras arriba. Por suerte solo un par de ellos le persiguieron, mordisqueándole las piernas para ahuyentarlo de su territorio.

Norberto llegó a su bloque de pisos arrastrándose como buenamente podía. Por suerte, nadie se había aprovechado de su situación para atracarlo por el camino. Probablemente todos estaban demasiado asustados por el habitual panorama dadivaneño como para salir a la calle.

Reptó escaleras arriba (la cabina del ascensor había sido llevada a reparar hacía quince años y aún no había vuelto) y, al llegar a la puerta de su casa (en el cuarto piso), rascó la puerta como un perro que quiere ir de paseo. Con suerte estas dadivanes no tendría que dormir en el felpudo sobre el que yacía en ese momento.

Su mujer abrió la puerta. Su mirada no mostraba sorpresa, ni compasión, ni siquiera decepción. Su expresión estaba tan vacía como las manos de Norberto, que había tenido que lanzar su “regalo” para salvar su vida.

—Lo siento, Clotilde, no he pod—

Antes de que pudiera acabar la frase, Clotilde se había dado la vuelta y andaba a paso ligero a otra de las estancias de la casa. Norberto sintió un sudor frío en su espalda.

—¡Clotilde! ¿¡No me dejarás aquí, verdad!? ¡Agh! ¡Que me estoy desangrando!

Cuando pudo acabar su frase, su esposa ya estaba de vuelta, portando entre sus manos un pequeño paquete, que dejó en el suelo, a escasos centímetros de la cara de Norberto.

—Ábrelo —se limitó a decirle a su marido.

—Oye, Clotilde, que lo siento mucho, pero creo que ahora no es el mejor momento par—

—¡Que lo abras, cojona!

—Vale, vale, joder…

No queriendo contradecir a su señora en su estado actual, Norberto abrió el regalo de Dadiván que acababa de recibir. Dentro de la pequeña caja pudo ver… un improvisado kit de primeros auxilios. Vendas, alcohol, antiestamínicos y un bombón de chocolate con leche.

—Sabía que ibas a hacer lo mismo de siempre y que ibas a llegar hecho unos zorros. Anda, véndate y vamos a ver la tele, te he grabado el partido de invocación de bestias arcanas.

—Oye, Clotilde… Aprecio el regalo, pero… ¿No debería ir a un hospital? Por todo ese asunto de la rabia, ya sabes...

Clotilde miró a Norberto con desdén.

—Tú siempre tienes que encontrar la forma de joderme las fiestas. Si es que es siempre lo mismo.

El matrimonio se pasó tres cuartos de hora discutiendo en el recibidor de su casa. Tras esto, Norberto se desmayó. Clotilde tardó diez minutos en decidir que sería una buena idea llevarlo al hospital.

Y todos aprendieron una valiosa lección. Seguramente.