22 ene. 2015

Perdidos en Conxo

Para saber quién o qué es Conxo, consulten este vídeo.

—Por favor, Señor —rezaba el hombre desesperado a los pies de una cruz oxidada a la que parecía faltarle por lo menos un brazo o estar vacía—, vinimos hasta Santiago para visitar la tumba del apóstol, pero nos hemos perdido. Por favor, por favor, sácanos de este sitio horrible. He puesto todo de mi parte, pero en todo el día no hacemos que ver las mismas calles una y otra vez y la gente no parece saber siquiera qué es Santiago de Compostela. He intentado mirar el GPS y solo sale un mensaje en rojo diciendo que estamos en Conxo y que salgamos cuanto antes. No sé qué más hacer, por favor, danos tu ayuda. Te lo rogamos, señor.

—Te lo rogamos, señor —repitió uno de sus compañeros. El tercer peregrino también estaba de rodillas, pero porque estaba buscando el mejor ángulo para sacar una foto de las curiosas cruces.

Los coches pasaban a su alrededor mientras continuaban con sus plegarias y la gente iba y venía con las últimas horas de la tarde. Una señora que parecía volver de la compra con el carrito lleno pasó a su lado sin mirarlos, pero les avisó.

—Que facedes, raparigos? Este sitio non pertence ó voso deus.

Todos se giraron para mirarla, pero donde debía estar solo había un pequeño montón de berzas.

Mario agitó su bigote con gesto preocupado y se santiguó por si acaso.

—Será mejor que nos vayamos, el demonio mora en este sitio.

—¿No nos llevamos algo de confeti? —preguntó el hombre a sus pies.

El hombre del bigote se llevó los dedos al puente de la nariz. Las cosas iban decididadmente mal. Para empezar, su cuñado, que lo acompañaba en peregrinación, había visto esa mañana un grafiti especialmente perturbador en un polideportivo y el shock, aparte de dejarlo inconsciente unos minutos, había hecho que ahora fuera incapaz de hablar de nada que no fuera confeti.

—No, Pepe, no nos llevamos confeti.

—¿Por qué no?

—Si Dios quiere llegaremos a un sitio en el que haya todo el que quieras, vamos.

—¿De qué color? —inquirió Pepe poniéndose de pie y siguiéndolo. Mario prefirió no responder—. Espero que sean de color jale.

El tercer miembro del grupo, de aspecto evidentemente extranjero, se había distraído sacando más fotos de una glorieta especialmente grande que solo tenía dos salidas. Mario por su parte se había entretenido hablando con su cuñado y olvidó avisarlo de que se iban, de modo que tardó un momento en darse cuenta de que se iban y tuvo que correr en pos de ellos. Por comodiad lo llamaremos, no sé, John.

Caminaron un buen rato mientras el sol se seguía perdiendo entre los edificios y las farolas se encendían. Al pasar frente al café Dejá-vù, Mario echó mano de su caja de paracetamol y se tomó uno sin agua. Hacía tiempo que se notaba algo febril y no dejaba de tomarlos, para aliviar también el insufrible dolor de cabeza que le producía el estar perdido en una tierra extraña con esos dos sujetos. Había intentado comprar algún apiretal, pero la única farmacia que encontraron estaba cerrada y de hecho no tenía signos de haber estado nunca abierta.

Suspiró.

Caminaban en fila cargando con sus mochilas de peregrino por una acera dejada de la mano de Dios. Los arbustos la invadían sin que pareciera que las fuerzas de la civilización hicieran nada por oponérseles. Por la carretera, al otro lado, no pasaba ni un coche. El sol del crepúsculo alargaba las sombras recortadas de rojo.

—Esperad —dijo Mario parando de pronto al ver venir algo en dirección contraria por la acera—. San Antonio bendito, ¿qué es eso?

—Parece una bola enorme de confeti negro —calibró Pepe.

—No me parece la mejor forma de definirlo.

John sacó su cámara sonriente y contento por ser capaz de ver otra rareza local.

Cuando el punto negro que se veía a lo lejos en la acera totalmente recta pudieron distinguir que en efecto era una enorme bola negra de la que parecían surgir tentáculos igualmente negros que bailaban a su alrededor. Y tras ella venía una comitiva de figuras humanas.

—Rápido, señores, a los arbustos.

Mario y los demás se volvieron para descubrir que eso lo había dicho una persona que había aparecido de improviso tras ellos.

—No hay tiempo que perder —añadió antes de saltar él mismo por encima de los arbustos y agazaparse.

William lo siguió porque le pareció divertido y porque no tenía aún en su álbum la foto de un hombre vestido con traje de submarinismo (máscara y bombona incluidas) y ropa de calle por encima.

Mario decidió que, en cualquier caso, era mejor que quedarse en mitad de la acera y arriesgarse a enfrentarse a lo que quiera que fuera esa cosa, de modo que fue tras el extraño, tirando de Pepe.

—¡Confeti verde! —exclamó el cuñado, celebrando la hierba.

El extraño hombre pez los mandó a callar, pero también les indicó que se asomaran.

Un orbe negro de dos metros de altura flotraba tranquilamente a un metro por encima del suelo. En efecto era totalmente negro y totalmente esférico, a pesar de que su consistencia parecía más la de un líquido, como si alguien hubiera dejado abierto un barril de tinta en gravedad cero. Solo dos cosas sobresalían de su forma esférica: una especie de banda publicitaria que lo rodeaba y anunciaba lo que parecía un SPA especialmente lujoso. Los otros objetos, como ya dijimos, eran tentáculos o raíces que parecían hechos de la misma materia que el orbe: algunos se agitaban como buscando por los alrededores de la cosa, pero otros estaban conectados a la cabeza de los al menos veinte humanos que lo seguían: llevando albornoces y toallas blancas, con la mirada perdida y emitiendo gruñidos casi imperceptibles.

Esperaron unos minutos hasta que se perdió lo suficiente de vista para sentirse seguros.

—Orbes publicitarios —señaló el hombre pez—. La estrategia de márketin definitiva.

—Muchas gracias, señor...

—Ghuddhrah.

—... de acuerdo. Gracias señor Gudra, le recordaré en mis plegarias.

—Es muy amable de su parte, señor...

—Mario Tapia.

—Mario. Sabe, ¿yo también soy un hombre religioso?

Le habían impedido a William sacar fotos mientras estaban escondidos, lo cual lo había decepcionado sobre manera, aunque ahora se estuviera desquitando haciendo todo un reportaje al hombre pez.

—Me alegra oír eso —reconoció Mario.

—Precisamente estaría interesado en ofrecerles un negocio de esa índole.

—Oiga, no, tenemos algo de prisa...

—Les garantizo que no les decepcionará, denme solo unos minutos de su tiempo.

Por una parte Mario quería salir de ahí cuanto antes, pero el hombre parecía amable y los había ayudado. Además, si le seguía la corriente, era probable que les indicara la forma de salir.

—Bueno, cuénteme.

—¿Va a vendernos confeti? Lo necesitaremos para cocinar esta noche.

—Jajaja, me temo que no. De hecho, no voy a venderles nada, sino que tengo una oferta de compra. Represento a un conocido dios de más allá del espacio y el tiempo y estaría realmente interesado en pagar por sacrificarles sus cuerpos y almas en una ceremonia de horror inenarrable.

John no entendió la mitad, pero pensando que era una oferta turística, empezó a asentir efusivamente hasta que Mario respondió.

—¡Santa Bárbara bendita, no!

—No sea así, sepa que dado que pueden ofrecernos el triple de material de una sentada, estamos dispuestos a pagar más. Por adelantado, por supuesto.

—Disculpe, pero estamos perdidos y tendríamos que irnos.

—Precisamente porque están perdidos creo que sería lo más recomendable que probaran suerte con una nueva fe.

—No, gracias —respondió Mario poniéndose en pie, con todos los demás imitándolo.

—No sea así, lo de pagarle por adelantado no era mentira —Extrajo de su chaqueta un fajo de pequeños billetes falsos y empezó a arrojarlos uno por uno contra los peregrinos sin dejar de hablar—. ¿Ven? ¿Ven? Serán ricos lo que les quede en este mundo.

—¡Confeti! —exclamó Pepe yendo hacia el hombre.

—¡No! —prohibió Mario agarrándolo del cuello—. ¿Se supone que esto es alguna clase de broma? Porque no tiene ninguna gracia.

Ghuddhrah dejó de lanzar papeles y también de sonreír. Muy despacio se guardó el fajo de billetes en el traje, pero no sacó la mano.

—¿Debo entender entonces que rechazan por completo mi generosa oferta?

Mario cogió a sus dos compañeros y los puso tras él antes de responder: —así es.

—Oh, demonios, entonces no me dejan más opción que resolver este trabajo por las malas.

El hombre rana bien vestido extrajo la mano que se había guardado en el bolsillo de la chaqueta. Para sorpresa de los peregrinos, ahora tenía agarrada una daga serpenteante.

—¡Corred! —urgió Mario mientras los hacía saltar por encima de los arbustos.

Harris no perdió la oportunidad de sacar una última foto del hombre saltando también para perseguirlos, daga en mano.

—¡Corred! ¡Corred! —no dejaba de sugerir Mario mientras cruzaban la carretera desierta ya solo iluminada por las farolas.

—Correríamos más rápido si pudiera usted proveernos de confeti, señora —puntualizó Pepe, el cuñado, cerrando los ojos en mitad de la carrera, probablemente para imaginar un puñado de confeti bien apilado o una bolsa recién abierta.

Posiblemente no fue la mejor de las ideas idea, puesto que, al llegar a la acera contraria, fue a darse contra un banco colocado en mitad de la acera con tan mala suerte de que el impulso hizo que saliera disparado por encima y cayera en una alcantarilla abierta que había al otro lado.

Mario intentó volverse para hacer algo, pero viendo que los perseguía un hombre armado y que su cuñado, que Dios lo tuviera en su gloria, no le caía tan bien, decidió que sería más sano seguir corriendo. William no había parado tampoco, pues seguía a Mario bastante divertido. Debía pensar que correr delante de tipos con cuchillos era la versión gallega de los San Fermines.

En cuanto a Pepe, las Crónicas de la Mancha no se ponen de acuerdo sobre si Pepe murió en el acto tras la caída o si bien sobrevivió y se arrastró en la oscuridad cada vez más abajo hasta alcanzar las tierras de los mórlocs, donde se convirtió en su rey por mil años y a menudo intentó asaltar la superficie para robarles todo su confeti.

Mario y John siguieron corriendo hasta pasar el café Dejá-vù e internarse en un parque cercano. Nada más cruzar la fina línea que separaba la hierba del asfalto e internarse un poco más, dejaron de oír los pasos a la carrera del comerciante de sacrificios a su espalda. Se giraron y vieron que en efecto estaba quieto al borde del camino que conducía hasta el parque.

—No les recomiendo que sigan por ahí, caballeros —les gritó—. Es mucho más seguro que vuelvan aquí.

—Lo que usted diga, amigo —le replicó Mario.

—No digan que no intenté advertirles.

Y diciendo esto se dio la vuelta y se fue en silencio.

—Eso ha sido raro —reconoció Mario—, pero parece que nos hemos librado, gracias a la ayuda de santa María. No he dejado de rezar mientras corríamos.

—Man, this country is great —sentenció Harris—. I'm so glad I came here.

Mario miró con sorpresa a John, al que oía hablar por primera vez desde que se encontraran hacía semanas en el camino. Pero tampoco tuvo tiempo de dedicarle mucha atención, ya que sentía que la cabeza se le fuera a salir de los ojos. Como pudo consiguió llegar hasta un gran árbol y se sentó a sus pies. Tomó otro paracetamol. No parecía servir de nada.

—Are you ok, pal? —le preguntó William.

—Oye, amigo —pidió Mario con voz cansada—, intenta buscar ayuda. La policía o algo. Tenemos que salir de aquí.

"Hola".

Mario se hubiera sobresaltado, pero estaba demasiado cansado. John en cambio parecía entusiasmado por oír de pronto voz que salían de ninguna parte.

—¿Quién ha dicho eso?

"Yo".

—Ah, vale.

"Soy un simpático eucalipto mágico y quiero que os suicidéis".

—Woah, amazing, a fucking talking tree —Foto—. What a shame I don't speak Spanish.

"Soy el eucalipto en el que estás sentado, y quiero que te suicides".

—No sabía que los árboles hablaban. La Biblia no dice nada de eso.

John, decididamente aburrido por no seguir la conversación y el hecho de que el árbol no hiciera nada más, decidió buscar algo mejor que fotografiar.

—Anyway, dude, I'm gonna take some photos of that lichen over there, you just stay here and rest, ok?

—Sí, eso —aceptó Mario—, corre a buscar ayuda.

Lejos de correr William se alejó andando tranquilamente. Cuando estuvo lo bastante lejos, el árbol continuó.

"Escucha, yo sí hablo porque lo que tengo que decirte es muy importante y tienes que prestarme atención".

—Venga, dispara.

"Suicídate. Ve a esa peña de ahí, te subes y te tiras. Es solo un momento".

—Eso no suena demasiado bien. La Iglesia dice que suicidarse es pecado y eso...

"¿Estás de broma? Tú vida es lo que no suena bien, no hagas caso de esos engreídos con bata".

—¿Qué sabes tú de mi vida, árbol blasfemo?

"Estás aquí, solo porque tu único amigo es un tío raro que acaba de dejarte tirado, hablando con un árbol. Probablemente nadie se daría cuenta si murieras".

—Oye, que estoy casado.

"Seguro que tu mujer es una pesada".

—Bueno, un poco. Pero yo tampoco soy de criticar y...

"Suicídate, estarás mejor sin ella. Y muerto no tendrás que preocuparte por el dinero".

—La verdad es que el dinero no es tan...

"Ni por los niños. ¿Tienes niños? Todavía estás a tiempo de ahorrártelo".

—Alguno no estaría mal... Mi señora y yo...

"Esto no es sobre lo que quiere tu mujer, es sobre lo que quieres tú".

—Ya, pero yo...

"Piensa un poco en ti mismo por una vez. Seguro que si decidieras suicidarte y tu mujer estuviera aquí no te dejaría porque ella no quiere. A pesar de que te partes el espinazo para mantenerla".

—En parte no te falta razón.

"Oye, tío, somos amigos, confía en mí. Si lo haces te vas a sentir de puta madre".

—Pero no sé yo...

Esta vez no fue la voz fantasmal del eucalipto la que cortó lo que estaba diciendo Mario, sino una enorme explosión que tuvo lugar lo bastante cerca para que la impresionante deflagración fuera visible desde el eucalipto.

"Se ha desencadenado la tercera guerra mundial. Pronto estarás muerto de todas formas".

—No puede ser...

Sonó otra explosión.

"Toda tu familia probablemente ya está muerta".

—Es mentira...

"Yo nunca te mentiría, colega. Esta es una vida de mierda. Es mejor acabarla cuanto antes".

—Dios mío...

"Exacto, tu dios, sea el que sea te está esperando, ve con él".

Mario no respondió. Entre llantos empezó a arrastrarse hacia la peña.

"Eso es corre......... No hay uno que no pique".

Así acabó la vida de Mario, perdida por la traición de Conxo. La noche cae y grande es el triunfo del mal. El último vestigio de espranza reside en Roberto Alcázar. Solo él preocupa las mentes de los señores oscuros. Solo él puede traer ruina a los enemigos negros ahora que la tierra yace en agonía y la maldición perdura. Una nueva estrella brillará y llegará un nuevo día.

El cadáver despeñado de Mario, cubierto de heridas de tojos, yacía al pie de la peña. No muy lejos de él, había al menos cinco alcantarillas. La más grande de ellas empezó a moverse mientras alguien forcejeaba para salir. Por fin consiguió alzar la pesada tapa para revelar que era Pepe, cubierto de mierda.

—¡Mario! ¡Mario, ten cuidado con el puto árbol! …oh. Parece que llego tarde. En fin, supongo que ya estamos en paz por dejar que me pudriera en la maldita alcantarilla.

Se encogió de hombros, se sacudió la suciedad para revelar que bajo ella llevaba ahora un traje totalmente blanco y comenzó a ascender al cielo.

Por cierto, las explosiones fueron cosa de los gatos de Conxo y no tenía nada que ver con ninguna guerra mundial que yo sepa.

William acabó aburriéndose de rondar por Conxo y llamó a Radiotaxi para que lo sacarán de allí y poder seguir haciendo turismo por Santiago de Compostela. Al final volvió a su país con un montón de historias que contar.

Pepe, nada más llegar a casa, se sentó a escribir esta historia. En efecto, yo mismo soy el autor. No me preguntéis por qué escribía en tercera persona o cómo sabía las cosas que no presencié, solo soy un puto fantasma.

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