4 dic. 2014

La noche de los muertos comientes

Nuestros lectores recordarán que tal día como hoy hace ya un año, ocurrió en Pork una de las peores invasiones zombi de los últimos años. O probablemente no porque no lo contamos en su momento y todo esto ocurrió en otra dimensión, de modo que aprovecharemos para contarlo ahora.

El día de los hechos estaba teniendo lugar el concurso internacional de guiso en Pork, donde habían competido los más deliciosos guisos del mundo, aspirando a obtener gloria, el favor de los dioses del guiso y figurar en el firmamento culinario, al que las generacioens venideras mirarán buscando guía... y ganó la competidora local, Aulalia Podénquez, con un guiso que hizo llorar de emoción al jurado y que fue certificado en el acto ante notario como capaz de revivir a los muertos.

No obstante, entre los asistentes a tal distinguida ocasión se encontraba un miembro hasta ahora sin identificar del grupo terrorista Energized Battle Ocean. Su plan, que por desgracia logró llevar a buen puerto, no era otro que, saltándose la seguridad del evento, acceder al escenario y hacerse con la olla que contenía el condecorado guiso justo en el momento en que su creadora estaba recibiendo el galardón que la acreditaba como conquistadora de tal hazaña culinaria.

Pero los actos del terrorista, ya graves de por sí, en modo alguno quedaron ahí. Provisto ya con el milagroso guiso, puso rumbo al cementerio metropolitano de Pork, una de las mayores necrópolis del continente, con la aviesa intención de profanar el lugar arrojando el sabroso guiso por doquier. Ante la próximidad de tan bien ejecutado manjar, los difuntos empezaron a agitarse en sus tumbas y finalmente comenzaron a salir sin que el sorprendido guardia de seguridad, don Hemetrio Reales, pudiera hacer nada para impedírselo. Y se dispersaron.

Se recomienda a los lectores de estómago débil que paren de leer aquí, pues los hechos que a continuación se describen son de una crudeza tal que bien podrían procurarles no pocas pesadillas. Avisados quedan, continuen bajo su propio riesgo con esta historia de muertos redivivos.

Redivivos aquellos que, tras dispersarse, sin perder más tiempo que el que sus tambaleantes miembros ya les arrebataban, se internaban en la primera casa que podían encontrar para arrojarse contra sus ocupantes y exigirles comida casera, urgiéndoles a prepararles algo que les recordara el tiempo en el que aún estaban vivos. Si se les obedecía, su acoso no hacía sino acrecentarse al descubrir que ya no eran capaces de disfrutar ni el pollo mejor aderezado ni la ensalada mejor aliñada. En cambio, si no se les hacía caso o si lo que se les servía no era de la suficiente calidad, el horror se cernía sobre los habitantes de la casa, pues los zombis prorrumpían en un tremendo llanto en el que no paraban de añorar su vida. Como ya supondrán, esta situación era terriblemente incómoda para todos los presentes, vivos o no.

Cuando los zombis por fin alcanzaron las residencias de personas de clase media alta, el ayuntamiento decidió tomar rápidas medidas para paliar la crisis, ordenando, en una jugada maestra, organizar la mayor paellada que jamás hubiera visto esta ciudad. Lo que en principio puede parecer una estrategia, cuanto menos, descabellada, adquiere todo su sentido cuando se toman en cuenta dos detalles cruciales: dicha paellada se celebraba en el cementerio y los difuntos tenían entrada gratuita.

Así, a medida que acudían y terminaban su plato de arroz, eran educada pero fírmemente conducidos de nuevo a sus tumbas. Es posible que no fueran las mismas que ocupaban antes, pues los diligentes funcionarios no tenían tiempo de atender a estas pequeñeces, pero desde luego era una tumba, que es donde pertenecen aquellos que ya han acabado sus días en este mundo. Y allí habrán de permanecer hasta que el terreno que los alberga sea recalificado.

Una vez libres de esta amenaza, los ciudadanos de Pork podían regocijarse habiendo vencido una vez más la infame lacra del terrorismo gastronómico.

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