13 nov. 2011

Drunk Rhapsodists Night Club - 11

Pista 11: Némesis

Álex abrió un ojo, expeditivo. Se aseguró de que nadie se lo sacaba y volvió a cerrarlo. Como si hubiese llamado a su compañero en esta ocasión abrió ambos ojos. La luz entorpeció un poco el reconocimiento, pero con parpadear un par de veces se fue haciendo a ella: estaba en una sala blanca y bien iluminada, aunque sin muebles ni ventanas por lo que él podía ver. En dos sílabas un zulo.
Otros de sus aguerridos sentidos también entregaron partes no menos preocupantes: le dolía la nuca donde le habían golpeado, estaba en una silla y maniatado y oía una voz chapurreando una jerga oriental a su espalda…
Cuando paró otras voces empezaron, pero esta vez hablando en cristiano:
—Le has arreado demasiado fuerte, ¿y si le has matado? ¿Y si no le has matado y se cabrea?
—Ya es un poco tarde para arrepentirse, ¿no?
—Calla, he oído algo… Creo que se está despertando.
Los intrépidos oídos de Álex no tardaron en hacerle notar los pasos que se acercaban. Pronto vio la cara de Jonathan, de los Light Silver Dominicus ante él.
—¿Ya has despertado, Cenicienta?
—Cenicienta no se queda dormida en su cuento —le explicó Álex con un hilo de voz—, pero si me traes zapatitos de cristal igual podemos hablarlo.
—Lo siento, ya no compro complementos femeninos… Un par de resbalones amorosos.
—Te entiendo; la inversión no vale la pena.
—¡Dejad de desvariar y vamos a lo nuestro! —les gritó John.
—Eso digo yo —corroboró Álex recuperando las fuerzas—. Ya nos dejasteis hechos polvo, ¿para qué me queréis?
Jonathan se puso de rodillas ante él.
—¡Tío! —le gritó—. Te escuchamos decir que vais a separaros. ¡No podéis hacer eso!
—¿Cómo que me escuchasteis?
—Te seguimos cuando os fuisteis del hotel —explicó Joseph.
—¿Qué? —se sorprendió Álex—. ¿Por qué?
—¡Sois nuestros rivales! —gritó Jonathan—. Llevamos meses investigándoos, incluso compramos vuestro disco.
—Sugoi! —se escuchó decir a Jotaro desde un punto indefinido detrás de Álex.
—¡A mí no me mareéis! —Álex empezó a ponerse rojo de vergüenza y rabia—. ¿Si habéis hecho todo eso por qué nos echasteis a patadas cuando fuimos a pediros un duelo de rock? ¡¿Eh?!
Joseph y Jonathan se miraron como si no supieran bien quién debía hablar.
—Verás… —empezó Joseph—. Nos pillasteis desprevenidos.
—No esperábamos que os fueseis a presentar en mitad de nuestro ensayo gritando como locos que queríais un duelo de rock —siguió Jonathan—. De hecho estábamos ensayando para ir a buscaros.
Álex no pudo más que abrir la boca en un gesto ictiforme sin encontrar las palabras adecuadas.
—Por eso reaccionamos así; nos entró el pánico.
—¡Pero no queríamos que os disolvierais! ¡Íbamos a contároslo todo cuando escuchamos que os separabais!
—Y, bueno, por eso te trajimos aquí.
—Ah, vale —dijo Álex con voz calmada—. No es la primera vez que me secuestran, pero suelen ser más corteses.
—Perdona —dijo Jonathan—, ¿puedo ofrecerte un té?
—¡Lo que quiero es que me soltéis, mamones! —les espetó.
—No podemos hacer eso.
—¿Por qué no?
—Pues porque… Joseph, ¿por qué no podemos?
—¿Bromeas? Jotaro y yo hemos tenido que cargar con él un buen trecho y te aseguro que pesa como un hombre, aunque se ponga falditas.
—¡Es porque es metrosexual! —gritó una voz desde detrás de Álex—. ¡Croa!
—¡¿Genutto?! —preguntó.
—Claro que sí, jefe. ¡Súper tengu al rescate!
—¡Deja de hacer el cabra y sácame de aquí!
—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? —preguntó la voz de Joseph que había salido de su campo de visión.
—Pitch lo vio todo, manito —explicó Tomás.
—Ya, bueno —aceptó Joseph—. Pero quiero decir que hay guardias, alambradas, perros rabiosos…
—¡Croa! Cuando tengas una duda como ésa, recuerda: lo hizo un mago.
—Bueno, pues si habéis acabado de fardar, ¿podéis iros? Estamos ocupados secuestrando a vuestro líder… —les rogó Joseph.
—¡Venga ya! ¡Croa! —se quejó Genutto—. ¿Os creéis muy chulos con vuestros instrumendos y vuestros sexomofones? —Propinó una patada al instrumento más cercano—. ¡Croooa!
—Eso es una batería… —explicó Jonathan.
—¡Ja! ¡Eso lo habéis copiado de un móvil!
—Bakayarō! —le gritó Jotaro, enfurecido por el maltrato a su instrumendo.
—Temē! —le replicó Genutto lanzándose sobre él, solo el que fueran retenidos por sus respectivos compañeros —aunque Genutto solo lo fue por Tomás— impidió que se ensarzaran.
—¡Eh! ¡Dejad de hacer el ganso y resolvamos esto como hombres! —les gritó la voz de Álex.
Todos se volvieron para verlo erguido, con los brazos en jarras y embutido en un vestido de volantes. Les dirigía una mirada furiosa desde detrás de sus gafas de sol.
—¿Cómo te has soltado? —se sorprendió Joseph.
—Pitch royó las cuerdas mientras Genutto os entretenía.
—¡Yo no estaba en el ajo! ¡Croa!
Álex les señaló con el dedo.
—¡Pero eso no importa! ¡Ha llegado la hora de la verdad! ¡Os retamos a un duelo, aquí y ahora! ¡Y no pienso ser flexible con esas coordenadas espaciotemporales!
Jonathan empezó a reírse y Jotaro, que no entendía nada, siguió a lo suyo, pero Joseph devolvió a la misma mirada punzante a su homólogo de Steel Bitch.
—Está bien —aceptó por fin—. ¿Estáis listos?
—Siempre.
—Entonces empezaremos nosotros.
—Conforme.
Jonathan paró de reírse y cogió su instrumento —musical—. Y Jotaro se puso en la batería cuando le hicieron un gesto.
Los Steel Bitch escucharon con atención.
Escucharon y abrieron la boca hasta puntos cercanos al anime super deformed, excepto Pitch que ya se sabía la canción y se dedicaba a olisquear una esquina. La canción fue tan buena que cualquiera que no la haya oído es de ser compadecido… ¡Diox, fue increíble!
—¿Y bien? —preguntó Jonathan cuando sonó el último acorde—, ¿os rendís?
Álex se repuso rápidamente y respondió:
—¡No tendréis tanta suerte! ¿Vamos a por ellos, chicos?
—¡Croa! —interrumpió Genutto—. ¡Nada de dar órdenes! ¡No sé qué seréis, pero yo soy de Steel Bitch y el único miembro!
Álex suspiró.
—Está bien Genutto, ¿nos dejas volver? ¿Tú qué dices, Tomás?
—¡Vale, croa! ¡Pero yo seré el jefe y no quiero a ese mapache en mi grupo!
—No —negó Álex clavándole la mirada.
Genutto se la sostuvo apenas unos segundos.
—Sí, jefe.
Álex no apartó la mirada.
—P-Perdón…
Álex sonrió.
—¿De verdad volvéis? —saltó de pronto Jonathan—. ¡Es genial, tíos!
—Sí, sí, muy emotivo todo —concedió Joseph—, pero seguimos en mitad de un duelo. ¿Empezáis o qué pasa?
—¡Ahora sí! —exclamó Álex—. ¡A por ellos, Steel Bitch!
—Bueno, ¿aún no os ponéis? —preguntó Joseph pasados cinco minutos.
—Si ya llevamos cinco minutos en ello —le respondió Álex dando una calada.
—¡Tío! ¡Es Like a Baddass! Me encanta esta canción —exclamó Jonathan.
—Bueno, no está mal, pero no es suficient…
—¡Claro que no! —gritó una voz desde la puerta.
Álex se giró haciendo volar graciosamente su falda y se encontró con que quien había gritado era su autoproclamdo miembro de reserva: Nemo.
—¡Así es imposible que ganéis! —les sermoneó mientras caminaba hacia ellos—. Una vez más tendré que mostraros el poder de mi instrumento… musical
—¡Largo, croa!
—¡Eso! —corroboró Álex—. No te necesitamos, lo haremos a nuestra manera y triunfaremos.
Una lágrima recorrió la mejilla de Nemo.
—¿Cómo podéis despreciarme así? Solo he venido a ayudaros…
—Eh, tíos —llamó Jonathan—, no quiero interrumpiros, ¿pero con quién estáis hablando?
—Pues con Nemo, nuestro miembro de reserva —le explicó Álex—. ¿Es que no lo ves?
—Ehm… No, lo siento…
Álex volvió la vista hacia nemo, inquisitivo.
—Ah, sí, qué despiste… Soy producto de vuestra imaginación —explicó—; solo me veis vosotros… Bueno, el mapache no.
Todos los Steel Bitch se miraron con incredulidad… Bueno, el mapache no.
—Tenéis una especie de chaladura colectiva —continuó—. Deberíais hacérosla mirar.
—Es lo mismo que os pasó hace un par de noches en el bar —confirmó Joseph.
—¡Espera! ¡No podemos habérnoslos imaginado! —exclamó Álex—. Esa noche todo el mundo lo oyó tocar el triángulo…
—No, el que tocó fue Genutto —le contradijo Joseph—. Os debió parecer que fue ese tal nemo.
—¡Paparruchas, croa! ¿De dónde iba a sacar yo un triángulo?
—A mí no me miréis, yo no soy el loco —se excusó Nemo.
—Lo robarías porque brillaba.
—… Sí, tiene sentido.
—¿Y cómo es que estabais en el bar aquella noche? —inquirió Álex.
—Pitch nos llamó —dijo Jonathan.
—Conque ahí te habías metido…
—¡Patrón! No quiero interrumpirle, pero nomás desirle que ahorita seguimos en la mera mitad de un duelo.
—Tienes razón, Tomás, pero creo que con esta repentina interrupción no llegaremos a ninguna parte —se volvió hacia los Light Silvder Dominicus—. ¡Resolvamos esto como verdaderos músicos! ¡A hostias!
—¡Ya estabas tardando! —exclamó Jonathan crujiéndose los nudillos.
—¡Croa! ¡Me pido al chino!
—¡Quieto todo el mundo! —gritó Insane.
Acababa de entrar repentinamente y esta vez no fueron los Steel Bitch los únicos que lo oyeron. Se hallaba imponente, recortado contra la luz de la luna y empuñando su palanca.
—Quedan todos detenidos. Ustedes por venta ilegal, agresión, fuga y resistencia a la autoridad. Y ustedes por secuestro. ¿Cómo han podido caer tan bajo?
Joseph abrió la boca para responder, pero no tuvo tiempo de emitir sonido alguno.
—¡No quiero oír sus excusas! La ley es la ley y tienen que acatarla por muy buenos músicos que sean… —comenzó a bajar las escaleras alzando la palanca en gesto amenazador.
—Eh —llamó Álex—, dejemos nuestra pelea para luego, antes vamos a enseñarle a este lo que opinamos de la ley.
—De acuerdo —aceptó Joseph.
—Me apuntó.
—¡Me pido el bazo! —exclamó Nemo sacando una navaja.
—¡Croa!
Insane se detuvo un momento al oír esto, pero entonces cargó decidido contra los músicos.
—¡Alto a la autoridad!
Y lo propio hicieron ellos, dispuestos a comenzar la refriega.
▼▼▼
—Y así fue, queridos nietos, como terminó la historia de Steel Bitch —terminó de contar Osvaldo a sus nietos.
El anciano estaba sentado en un sillón junto a la chimenea. Sus nietos Juanito y Claudinita lo escuchaban sentados en la moqueta y la más pequeña, Laurencita, estaba en su regazo.
—¿Y qué pasó con la pelea contra Insane, abuelo? —preguntó Juanito—. ¿Ganaron?
—Oh, por supuesto que ganaron. Y le dieron tal tunda que aceptó dejar pasar sus crímenes por esa vez.
—¿Y Steel Bitch y Ligh Silver Dominicus no siguieron peleando?
—No en ese momento, pero en la fiesta que siguió a la pelea decidieron que todos se harían mucho mejores y volverían a encontrarse pasado el tiempo.
—¿Y qué hicieron Mirelle y sus amigos? —preguntó Claudinita.
—Pues siguieron reclutando gente para el club. Mirelle sigue enamorada de Álex, pero está esperando a ser lo bastante buena para ella, digo para él, antes de volver a declararse.
—¿Dónde están ahora los Steel Bitch, abuelo? —preguntó también Laurencita.
—Muy buena pregunta, cariño. Yo les ofrecí trabajo en el conservatorio de Pork, ya sabéis que vuestro abuelo es director. También quise buscarles un puesto en la cadena de hoteles de mi sobrino, vuestro tío Anselmo. Incluso intenté brindarles ayuda para publicar este disco, Drunk Rhapsodists Night Club, pero a todo se negaron. “Somos espíritus libres”, decían, ¿y quién soy yo para contradecirles?
—¿Seguro que no nos estás engañando, abuelo? —inquirió Juanito—. ¿Todo eso pasó de verdad?
—¿Y qué importa eso si la historia es buena? —Todos los niños asintieron de acuerdo—. La próxima será una de superhéroes, pero mañana, que ya es hora de irse a dormir.
Juanito y Claudinita corrieron a sus camas imitando a Genutto. Se quedaron solos Osvaldo y Laurencita.
—Abuelito, ¿puedo decirlo yo esta noche?
—Claro que sí, hijita, pero bien fuerte, que si no tu abuelo no te escucha.
Laurencita cogió aire hasta hincharse y casi ponerse azul y entonces gritó:
—¡FIN!


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