14 oct. 2010

Drunk Rhapsodists Night Club - 1

Pues para empezar a cumplir algunas de las más improbables promesas de nuestro vídeo de apertura de temporada presentamos «Drunk Rhapsodists Night Club», el segundo de disco —sí, empezamos por el segundo por joder más que nada— de Steel Bitch un singular grupo de música nacido de mentes tan enfermas como lo son las nuestras.
Iremos poniendo las distintas canciones según nos salga de las milongas, así que para esta primera edición ponemos el primer tema «Noche de concierto» acompañado de un pequeño relato explicativo.
Podéis escuchar la música primero y luego leer o viceversa, nosotros cobramos lo mismo y el efecto viene a ser igual:


Pista 1: Noche de aficionados
Era noche de aficionados.
El organizador salió al escenario, observó momentáneamente el café casi lleno, tomó el micro y anunció:
—Damas, caballeros y demás escoria de toda índole; esta noche nos congratulamos en presentar a Steel Bitch.
Se llevó una tarjeta a la altura de los ojos y continuó:
—Me han pedido que les lea esto: «tápense los oídos, sujeten a sus novias y encierren al perro; van a oír lo que nunca han oído y puede que pierdan el juicio y el pene». Un fuerte aplauso.
Salió del escenario dejando a sus espaldas media docena de aplausos no demasiado vigorosos ni esperanzados. La escena que subsiguió no ayudó a mejorar el ánimo del público.
Tres tipos y un mapache portando tres sillas irrumpieron en el escenario y tomaron asiento, cada uno en su respectiva silla y el mapache sobre el regazo de uno de ellos. Encendieron un único cigarro y empezaron a compartirlo dando cada uno una calada, incluso el mapache participaba sujetando el pitillo con ambas manos. No emitían el más mínimo sonido y actuaban como si el público ni siquiera estuviera ahí.
Su apariencia, cuanto menos, tampoco auspiciaba nada bueno. El de más a la izquierda, que ahora sostenía el cigarro, debía rozar los treinta años, tenía un rostro de ángulos marcados que enmarcaban unas gafas de sol redondas, una indomable melena negra, expresión dura y un vestido de gothic lolita con una falda tan corta que se tenía que sentar con las piernas muy juntas para que no se viera nada…
Le pasó el cigarro al siguiente que lo tomó y se lo introdujo en la boca por el orificio de su máscara roja de expresión terrible y con una nariz de unos veinte centímetros. Vestía completamente de negro y llevaba una ancha capa en la que se podía leer en letras blancas sobre negro “Steel Bitch”. Dio su calada, graznó —¡croa!— y ruló el cigarro.
Unos centímetros más abajo un enano con pantalones cortos, de torso desnudo y moreno que llevaba una máscara de lucha libre de lana negra y blanca en la que también se leía “Steel Bitch” en plena frente cogió el tabaco. Antes de llevárselo a la boca usó ésta para dar un enorme grito que hizo sobresaltarse al desconcertado público. Nadie entendió lo que dijo. Tampoco importaba. Dio su calada y le pasó el cigarro al mapache.
Mapache que era más bien mapacha. Llevaba una especie de jerseíto —como los de los perros de alta sociedad— de lana negra también con el logo del grupo y un redundante antifaz.
Pasaron los segundos y los minutos… Llegaron los primeros abucheos…
Steel Bitch seguía impasible; habían empezado el segundo cigarro y el enano con aspecto de luchador de lucha libre seguía gritando incoherencias regularmente con una voz gutural.
El propio organizador tuvo que salir de entre bambalinas y asaltó al tipo del vestido, que parecía ser el líder de tan singular agrupación, con la siguiente pregunta:
—¿No vais a tocar nada?
—¿Perdón? —dijo su interlocutor, volviéndose—. Nosotros no tocamos nada, ni siquiera tenemos instrumentos.
—¿Pero no erais un grupo de música?
—Y lo somos, ¿verdad, Genutto?
—¡Claro! ¡Croa! —respondió el tipo de la máscara nariguda—. Por poco dinero somos lo que usted quiera.
—No somos de esos grupos que tocan, eso es tomar el camino fácil —prosiguió Álex—. Nosotros nos sentimos como tal, no hace falta hacer música para serlo.
—¿Y por qué demonios chilla ese tipo? ¿Y qué es eso que tiene en el regazo?
—Es Tomás, nuestro corista. Y ella es Pitch, otra miembro del grupo.
—¿Corista? ¡Si no tenéis cantante!
—Por supuesto que no, ninguno sabemos cantar…
—Deja que recapitule… No tocáis, no cantáis, tenéis un animal… ¿Qué demonios hacéis entonces?
—Sentarnos y fumar, ¿no lo ve?
El organizador se detuvo unos segundos, estupefacto, sin encontrar las palabras.
Esos segundos los aprovechó Genutto para levantarse, correr al borde del escenario y saltar sobre el público, que se apartó dejando que cayera sobre una mesa que destrozó.
Minutos después estaban de patitas en el callejón de atrás. Les hubieran tirado sus instrumentos, pero como no tenían se conformaron con gritarles improperios.
—Somos unos artistas incomprendidos… —suspiró Álex.
—Mmh… —corroboró Tomás con acento mexicano.
Todos, incluida Pitch, agacharon la cabeza y dejaron escapar un largo suspiro.
—¡Pandilla de ineptos! ¡Ha sido una gran actuación! —gritó Genutto levantando los brazos de pronto—. ¡Croa! ¡Viva Steel Bitch!
—¡Ése es el espíritu! —gritó Álex—. Hora de celebrarlo, chicos.
—¡Sí, señor! —gritó a su vez Tomás alzando el puño.
Pitch gruñó, posiblemente afirmándolo.
Se echaron los brazos sobre los hombros, Pitch se subió a la cabeza de Tomás y se encaminaron cantando en silencio una de sus canciones mientras Tomás hacía los coros.
▼▼▼
Los cuatro se habían apalancado en el banco de un bar y jugaban distraídamente al tute.
—Uso tres manás rojos. Juego al dragón blanco de ojos azules. ¡Croa!
—¡¿Perdón?! —se cuestionó Álex—. Creo que yo no voy…
—¡Gñi! —gritó Pitch mostrando un póquer de reinas: cuatro fotos de Diana Jones en topless.
—¡Era un farol! ¡Mapache con suerte!
Pitch cogió las cuatro lonchas de beicon que había en juego y empezó a mordisquear una.
—No jugaré más con este bicho —dijo Genutto—. Nos dejará sin comida. ¡Croa!
—Si sólo jugamos tres ya no tiene gracia —explicó Álex dejando caer sus cromos de béisbol sobre la mesa.
Y en ese momento se levantó del asiento, se le puso la piel de gallina y dio dos vueltas hasta pararse en dirección a una belleza que acababa de entrar en el local y estaba pidiendo en la barra.
—Ahora vengo, chicos.
—Patrón —le apeló Tomás—, no se olvide de tratar venderle nuestro disco o tendremos que marcharnos sin pagar… Otra ves.
—Tranquilo, Tomás, está todo bajo control.
Pocos segundos después Álex dio con sus huesos junto a un monumento al esperma sueco. Su cabello rubio le caía por los hombros tapando los pezones de las enormes mamas que esa camiseta blanca tan apretada no podría disimular. Sus ojos eran de una azul profundo y sus piernas surgían de una microfalda para perderse en la lontananza…
—¿Quieres algo de beber, rubia?
—Sí… Ya me lo pagará mi novio.
—Con esa actitud nunca conseguirás nada, preciosa. Debes aceptar que tu novio es imaginario.
La rubia se volvió hacia él, ahora más interesada, pero no de la forma que a Álex le hubiera gustado.
—¿Pero a ti que te pasa en la…? Dios…
—¿Es por mi ropa? Es que soy metrosexual.
—Eh, ¿qué haces con mi chica, marica? —dijo una voz a su espalda.
Álex se dio la vuelta haciendo flotar graciosamente su falda y se encaró con los que bien podrían haber sido campeón y subcampeón de culturismo de la región en una confrontación tan reñida que seguramente pocos milímetros hubieran decidido el resultado. Los miró de arriba abajo y de lado a lado, cosa que le llevó varios segundos, y preguntó a la rubia:
—¿Cuál de estos caballeros es tu novio?
—Los dos —respondió.
—¡Querrás decir los cuatro!
Cuando uno de los dos sujetos tuvo la bondad de cogerlo del cuello del vestido y acercarlo mucho, Álex tuvo a su vez la oportunidad de examinar de cerca sus rasgos simiescos y su actitud de mamut en celo. Su compañero hizo ademán de colocarse tras él, probablemente con intención de encerrarlo en una prisión de músculos.
—Señores, seguro que podemos arreglar esto de una forma pa… ¡Ah! ¡Eso era mi bazo!
Álex ya se daba por muerto, empezaba a ver la luz al final del túnel que se producía por la falta de oxigenación en las neuronas cuando escuchó un agudo graznido y sintió cómo uno de sus captores era derribado a su espalda.
Se giró lo suficiente antes de que el que aún quedaba en pie le agarrase por el pescuezo como para ver cómo Genutto, subido a su espalda, picoteaba con su máscara la cara del tipo, intentando sacarle los ojos.
—Tú no vas a ninguna parte, señorita —le dijo mientras seguía castigando su maltrecho cuello.
—¿Eh tahde para pedih peh…? —se asfixiaba Álex.
De pronto la presa de los dedos del forzudo se soltó y cayó estrepitosamente al suelo. Más tarde recordaría imágenes sueltas y nubladas, un mapache arrancándole la oreja a un tipo de dos metros, un tipo con máscara a hombros de otro tipo gritando “puedo volar”, a un mexicano enano haciendo una llave de lucha libre a otro… Pero al final todo se hizo negro.
▼▼▼
Horas más tarde despertó en un banco estratégicamente colocado bajo un puente que había elegido el grupo para pernoctar.
—El patrón ya despertó.
—Les hemos enseñado lo que vale Steel Bitch, jefe. ¡No volverán a vérselas con nosotros! ¡De hecho uno no volverá a ver! ¡Croacroacroa!
—¿Qué pasó?
—¡Gñi!
—Como siempre. ¡Croa! Les dimos una paliza, nos cargamos el bar y salimos sin pagar entre la confusión… O eso me dijo un pajarito.
—Ah… El viejo truco de la reyerta de taberna… —suspiró Álex—. Es bueno que las cosas no cambien… Buenas noches, chicos.
—Buenas, ¡croa!
—¡Gñi!
—Buenas noches, patrón.
—Hasta mañana.
—¿Y tú eres…?
—Soy “Cubo de Basura” Spencer. Espero que no os importe que duerma con vosotros.
—El banco es suyo, patrón.
—Supongo que entonces da igual.
—Dais calorcito.
—Claro, Spencer, buenas noches.
—Buenas noches.


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